Las tradiciones de ciertos pueblos aseguran que las pinturas dejadas en sus cavernas o paredes de roca no fueron creadas por sus ancestros, sino por extraños visitantes. Es el caso de los inquietantes rostros que adornan ciertas cuevas y abrigos de montaña cerca del río Gleneg, en la cueva de Kimberley, al noroeste de Australia. Se trata de una cueva considerada sagrada por los aborígenes, en la que estaban representados los enigmáticos wandjina, pinturas rupestres de seres mitológicos asociados con la creación del mundo.

Los wandjina tienen una siniestra actitud que resulta casi intimidante, fueron dibujados en la cueva de Kimberley como auténticos espectros, fantasmas de las rocas de tez blanca que, sin ningún tipo de pudor, permanecen vigilantes y atentos al entorno con sus grandes y desproporcionados ojos. Intimidantes en extremo, su actitud es, cuando menos, siniestra.

Los aborígenes australianos creen que mucho tiempo atrás la Tierra era blanda y no tenía forma. Las características del paisaje fueron creadas como resultado de los actos de los wandjina, y fueron ellos los que crearon la lluvia, los ríos, los pozos de agua y quienes construyeron las montañas y las llanuras. También crearon a los primeros seres humanos, llamados gyorn gyorn.

Los autorretratos de los dioses

Los wandjina cazaron, pescaron y enseñaron a los aborígenes cómo construir y utilizar ciertas armas, y les dieron leyes y ceremonias. Cuando terminaron su labor, dicen que algunos de estos wandjina volvieron a la Vía Láctea, mientras que otros atravesaron las rocas de la cueva de Kimberley, desde la que observan cómo los gyorn gyorn evolucionan. Pero lo más interesante de la tradición aborigen es que antes de desaparecer los wandjina, decidieron retratarse a sí mismos en la piedra para que el hombre no olvidara su presencia. Fueron, por así decirlo, autorretratos por parte de sus dioses.

Hay quien afirma que estos seres de piel pálida eran en realidad unos hombres de rasgos caucásicos que habían recalado en Australia hace unos sesenta mil años. Si esto fuera así, estaríamos ante la posibilidad de que quizá una especie humana desconocida y ancestral pero con grandes conocimientos hubiera podido recalar en el noroeste de Australia, contactar con estas tribus aborígenes y transmitirles parte de su sabiduría, tal y como cuentan mitos de diferentes culturas del mundo.

Esta historia se puede encontrar en Las cuevas y sus misterios, obra de Juan Gómez ganadora del III Premio Enigmas y que recientemente llegó a las librerías de nuestro país.


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