En 1988, cuando los líderes del mundo organizaron en Toronto su primera conferencia global en torno al cambio climático, la temperatura promedio de la Tierra era de poco más de medio grado Celsius por encima del promedio de las últimas dos décadas del siglo XIX, de acuerdo con cálculos de la NASA.

Las emisiones globales de gases de efecto invernadero conformaban el equivalente a unos 30.000 millones de toneladas de dióxido de carbono al año, excluyendo las provenientes de la deforestación y el uso de tierras. Preocupados por su acumulación, los científicos y legisladores que se reunieron hicieron un llamado al mundo para reducir las emisiones de dióxido de carbono en una quinta parte.

Desde luego, eso no sucedió. Para 1997, cuando los diplomáticos del clima de las principales naciones del mundo se reunieron para negociar una ronda de reducciones de emisiones en Kioto, Japón, estas habían aumentado a cerca de 35.000 millones de toneladas, y la temperatura de la superficie del planeta se encontraba aproximadamente 0,7 grados Celsius por encima del promedio de finales del siglo XIX.

Se necesitaron casi dos décadas para que ocurriera el siguiente gran avance. Cuando los diplomáticos de prácticamente todos los países se reunieron en París hace tan solo dos años para crear otro acuerdo para combatir el cambio climático, la temperatura de la superficie del mundo ya era de casi 1,1 grados Celsius por encima del promedio a finales del siglo XIX. Además, el total de las emisiones de gases de efecto invernadero se había acercado a los 50.000 millones de toneladas.

No se trata de menospreciar a la diplomacia. Quizá esto sea lo mejor que podemos hacer. ¿Cómo se puede convencer a los países de adoptar estrategias costosas para dejar de utilizar combustibles fósiles cuando el impacto potencial del cambio climático sigue siendo incierto y solucionar el problema requiere acción colectiva? Como la mitigación de un solo país nos puede beneficiar a todos, los países estarán tentados a lavarse las manos y disfrutar del resultado de los esfuerzos de otros. Además, ninguna nación podrá resolver el problema de manera individual.

Aun así, las vías diplomáticas del mundo —desde el llamado ineficaz en Toronto a favor de una reducción de las emisiones hasta la reunión cumbre en París, donde a cada país se le permitió comprometerse a contribuir solo con lo que pudiera a la iniciativa mundial— sugieren que los diplomáticos, legisladores y ambientalistas que intentan lentificar el cambio climático aún no pueden lidiar con sus números despiadados. En vez de eso, están tratando de ignorarlos, algo que definitivamente no funcionará.

El mundo todavía se está calentando. Tanto la NASA como la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica dieron a conocer la última semana que las temperaturas mundiales del año pasado retrocedieron ligeramente en comparación con las cifras récord de 2016 porque no se manifestó El Niño, el fenómeno climático relacionado con el calentamiento en el Pacífico.

Mientras que el mundo se inquieta por la decisión de Donald Trump de retirar a Estados Unidos del Acuerdo de París, yo argumentaría que el obstáculo más grande para frenar el calentamiento implacable es cierta ilusión de progreso que está haciendo que todos los países eviten muchas de las decisiones difíciles que aún deben tomarse.

“Seguimos haciendo lo mismo una y otra vez, y esperamos un resultado distinto”, dijo Scott Barrett, un experto en coordinación y cooperación internacional de la Universidad de Columbia que alguna vez fue un escritor principal del Pánel Intergubernamental del Cambio Climático.

Los diplomáticos del clima en París no solo reafirmaron compromisos previos para mantener la temperatura del mundo en menos de dos grados por encima de la que había en la era “preindustrial”, un término algo impreciso que podría abarcar la segunda mitad del siglo XIX. Esperando calmar a países insulares como las Maldivas, que es probable que sean tragados por el océano en algunas décadas, establecieron un nuevo límite “ambicioso” de 1,5 grados.

Para mantenernos dentro del límite de los dos grados, de verdad tendríamos que empezar a reducir las emisiones globales en cuestión de máximo una década, y después hacer más. En medio siglo, tendríamos que averiguar la manera de extraer enormes cantidades de carbono del aire. Reducir el límite a 1,5 grados sería aún mucho más difícil.

Sin embargo, después de calcular el impacto que tendrían las promesas de todos los países que formaron parte de la iniciativa colectiva realizada en París, los expertos concluyeron que las emisiones de gases de efecto invernadero en 2030 excederían con entre 12.000 y 14.000 millones de toneladas de dióxido de carbono el nivel necesario para seguir estando por debajo de los dos grados.

¿Hay mejores enfoques? El “club del clima” propuesto por el economista de la Universidad de Yale William Nordhaus tiene la ventaja de incluir un dispositivo de cumplimiento que no tienen los acuerdos actuales: los países del club, comprometidos a reducir las emisiones de carbono, impondrían un arancel a las importaciones de quienes no son miembros para animarlos a unirse a la iniciativa.

Martin Weitzman de la Universidad de Harvard apoya la idea de un impuesto mundial uniforme para las emisiones de carbono, lo cual podría ser más fácil de acordar que una serie de reducciones nacionales de emisiones. Una ventaja clara es que los países podrían utilizar los ingresos de esos impuestos como quisieran.

Barret argumenta que el Acuerdo de París podría complementarse con acuerdos más sencillos y más estrechos para frenar las emisiones de ciertos gases —como el acuerdo de 2016, al que se llegó durante una reunión de 170 países en Kigali, Ruanda, para reducir las emisiones de hidrofluorocarbono— o las de industrias específicas, como la aviación o la del acero.

Quizá nada de esto funcione. El club del clima podría acabarse si los países no miembros tomaran represalias en contra de los aranceles de importaciones al imponer barreras comerciales propias. Coordinar impuestos en todo el mundo en el mejor de los casos resulta tan difícil como abordar el problema del cambio climático. Además, la propuesta de Barrett podría no dar como resultado un avance en la escala necesaria para cambiar las cosas.

No obstante, lo que definitivamente no será suficiente es una estrategia climática basada en ilusiones vanas: la propuesta de que los países pueden ser persuadidos y presionados para aumentar su ambición de reducir las emisiones todavía más, y de que quienes se queden atrás pueden ser señalados y avergonzados para que acepten alinearse.

Seducidos por tres décadas de supuesto progreso diplomático —además de precios más bajos en turbinas de viento, páneles y baterías solares—, los activistas, tecnólogos y actores políticos que impulsan la estrategia en contra del cambio climático parecen haber concluido que el trabajo puede hacerse sin tomar decisiones desagradables, por lo que el grupo está descartando opciones que sería mejor mantener a la vista.

No hay un ímpetu para invertir en la captura y almacenamiento de carbono, puesto que se consideraría como un permiso para seguir utilizando combustibles fósiles. La energía nuclear, la única fuente de energía baja en carbono que se haya utilizado en la escala necesaria, también es un anatema. La geoingeniería, como bombear aerosoles en la atmósfera para reflejar el calor del sol de regreso hacia el espacio, es otro tabú.

Sin embargo, al final, lo más probable es que estas opciones estén sobre la mesa puesto que las consecuencias del cambio climático se ven de manera cada vez más clara. La creencia romántica de que el mundo puede reducir su dependencia del carbono a lo largo de algunas décadas dependiendo exclusivamente del poder de la vergüenza, el viento y el sol cederá ante un entendimiento más realista de las posibilidades.

Algunos países decidirán olvidar el Acuerdo de París y harán uso de algunos jets para bombear dióxido de sulfuro en la atmósfera superior para enfriar el mundo temporalmente. Habrá una competencia para desarrollar técnicas para recolectar y almacenar carbono de la atmósfera, y otra para construir generadores nucleares a una velocidad vertiginosa.

Probablemente será demasiado tarde para evitar que las Maldivas terminen bajo el agua, pero más vale tarde que nunca.

Por: Credit Luke Sharrett


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